La revolución urbanística de los rascacielos en Nueva York durante los Happy Twenties y la década de los terribles treinta, no solo fueron toda una monumental apología al cambio y la creación arquitectónica, sino una masacre de la mano de obra de la construcción. Se contrató a miles de trabajadores con el fin de poder llevar a cabo la construcción de cada uno de los proyectos diseñados y se adquirió cantidades que superaban todo pronóstico de materiales para ser utilizados.
No es de extrañar la cantidad de defunciones por siniestros laborales que hubo teniendo en cuenta que los métodos de protección que había en relación al trabajo en aquellas dos décadas no podían ni siquiera recibir el apelativo de insuficientes: Las medidas de seguridad eran infrahumanas. No era necesario saber de estadística para comprobar que cada edificio se cobraba varias vidas por metro de altura que se alzaba. Por cada millón de dólares que se quemaba de presupuesto podían perderse tres vidas, y, ni entonces, ni ahora, ni nunca, la vida de un ser humano ha podido contabilizarse en dinero o ambiciones. Por eso resultaba tan indignante, que ante estos casos inaceptables, se asumieran las muertes como un coste natural del avance tecnológico durante el proceso.
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